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- El juicio del loco -El caudillo del clan se acomodó las rudas e incomodas pieles que le servían de vestidura, y dando otro largo sorbo al extraño brebaje, eructó con absorta parsimonia, para seguidamente continuar interrogando al extraño extranjero de ojos rasgados, que maniatado y ferozmente magullado, yacía a sus pies.
- ¿Y dices que vienes de más allá del mar?
- Así es, señor. Y también he viajado por diferentes países del continente, teniendo la oportunidad de conocer todo tipo de artilugios y gentes de diferentes cualidades.
- ¡Diferentes cualidades! – El caudillo clavó sus terribles ojos negros en el prisionero – ¡Como si acaso tú no fueses lo suficientemente raro, maldito charlatán! Tus palabras revolucionarias hacen que las gentes del poblado empiecen a tener la cabeza llena de pensamientos tan absurdos como tus palabras. Algunos, hasta empiezan a creer que pronto tendrán una vida aun mejor que la que tienen. Háblame otra vez de ese artilugio que permite separar los pies del suelo.
El extranjero llenó sus pulmones de aire, intentando ignorar el dolor que este simple acto le producía en las costillas de la parte izquierda de su cuerpo.
- El invento del que hablo, señor, no solo permite a la gente separar los pies del suelo, sino incluso elevarse o vivir en planos diferentes, y también, por ejemplo, podría permitir a una persona tener dos casas en un mismo edificio. Realmente es algo de tal simpleza, que le asombraría conocerlo.
El caudillo, arrugando el ceño y apretando los oscuros dientes con fiereza, procedió a rascarse la entrepierna con inusitada fruición. Seguidamente masculló:
- ¡Ya he escuchado suficientes badomías! ¡Ordeno que al amanecer seas atado a un poste y puesto al sol! A ver si así desaparecen esas ideas locas de tu cabeza.
A continuación, los guerreros levantaron al prisionero para llevarlo de nuevo a las mazmorras; pero justo antes de cruzar las puertas, el caudillo le preguntó de nuevo:
- ¡Extranjero! ¿Cómo dices que se llama ese artilugio tuyo?
- Escalera. Su nombre es escalera, señor.
- ¡Menuda majadería! Aún es más descabellado el nombre que el propio invento. Vaya imaginación enfermiza. Lleváoslo.
Y dicho esto, soltó varias risotadas mirando a los congregados que alegres se unieron a sus risas. Después, volvió a beber del cuerno lleno de brebaje, rebosando éste por ambas partes de la cara y derramándose a través de su cuello hasta las pieles de su vestimenta, para a continuación gritar con autoridad:
- ¡Que suene la música! ¡Que entren las bailarinas!
(Del libro Wo Oshimu, de Ichigeki Hisatsu Shibumi-san) Comments (1)
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