Shibumi-san's profileShibumiPhotosBlogLists Tools Help

Blog


    "Mordiendo el polvo"

     

    Goliat, Aquiles, Gengis… ¿Qué más da el nombre o el tamaño del enemigo cuando lo que realmente cuenta en la batalla es su poder?

    Nadie habría apostado ni siquiera un Yen por él cuando empezó la contienda. A fin de cuentas… ¿Quién era él? Alguien mundano; un mortal. Un hombre. Un hombre nada más... pero también nada menos.

    Ante tan terrible enemigo aparecía como algo insignificante. Apenas nada; apenas nadie.

    Aún así, la lucha ya duraba más tiempo del que nadie calculara jamás. Por supuesto, y como cualquier hombre, había tenido momentos de flaqueza. Había hincado varias veces la rodilla en el suelo, y había llorado de dolor y de rabia. En momentos así, recordaba anécdotas que habían transcurrido a lo largo de su vida. Recordaba hechos y palabras que aparentemente en su día no tenían mayor importancia; el ánimo y afecto de quienes le apoyaban, o las palabras que su madre repetía en cualquier momento, sin dudarlo, donde y delante de quien fuera menester: “El, es el más valiente de mis hijos.”

     

    Entonces, se levantaba, y si no lo decía en voz alta, lo pensaba:

    -         Es verdad que estoy realmente agotado. Te creían invencible y quizás aún lo seas. Pero estoy aquí, y todavía no me has vencido. Para hacerlo, tendrás que esforzarte más. Para vencerme, tendrás que ser aún mas fuerte. Así y todo, dudo mucho de tu victoria. Nunca jamás esperes mi rendición. Y ni te miento a ti, ni a mí mismo.

     

    Antes de terminar de pensarlo, ya estaba arremetiendo de nuevo contra el terrible gigante. Con tanta determinación, que el resultado final quedaba de nuevo en suspenso.

     

     

     

     

    - El juicio del loco -

     

         El caudillo del clan se acomodó las rudas e incomodas  pieles que le servían de vestidura, y dando otro largo sorbo al extraño brebaje, eructó con absorta parsimonia, para seguidamente continuar interrogando al extraño extranjero de ojos rasgados, que maniatado y ferozmente magullado, yacía a sus pies.

     

     - ¿Y dices que vienes de más allá del mar?

     

     - Así es, señor. Y  también he viajado por diferentes países del continente, teniendo la oportunidad de conocer todo tipo de artilugios y gentes de diferentes cualidades.

     

     - ¡Diferentes cualidades! –  El caudillo clavó sus terribles ojos negros en el prisionero  – ¡Como si acaso tú no fueses lo suficientemente raro, maldito charlatán! Tus palabras revolucionarias hacen que las gentes del poblado empiecen a tener la cabeza llena de pensamientos tan absurdos como tus palabras. Algunos, hasta empiezan a creer que pronto tendrán una vida aun mejor que la que tienen. Háblame otra vez de ese artilugio que permite separar los pies del suelo.

     

    El extranjero llenó sus pulmones de aire, intentando ignorar el dolor que este simple acto le producía en las costillas de la parte izquierda de su cuerpo.

     

     - El invento del que hablo, señor, no solo permite a la gente separar los pies del suelo, sino incluso elevarse o vivir en planos diferentes, y también, por ejemplo, podría permitir a una persona tener dos casas en un mismo edificio. Realmente es algo de tal simpleza, que le asombraría conocerlo.

     

    El caudillo, arrugando el ceño y apretando los oscuros dientes con fiereza, procedió a rascarse la entrepierna con inusitada fruición. Seguidamente masculló:

     

     - ¡Ya he escuchado suficientes badomías! ¡Ordeno que al amanecer seas atado a un poste y puesto al sol! A ver si así desaparecen esas ideas locas de tu cabeza.

     

    A continuación, los guerreros levantaron al prisionero para llevarlo de nuevo a las mazmorras; pero justo antes de cruzar las puertas, el caudillo le preguntó de nuevo:

     

     - ¡Extranjero! ¿Cómo dices que se llama ese artilugio tuyo?

     

     - Escalera. Su nombre es escalera, señor.

     

     - ¡Menuda majadería! Aún es más descabellado el nombre que el propio invento. Vaya imaginación enfermiza. Lleváoslo.

     

    Y dicho esto, soltó varias risotadas mirando a los congregados que alegres se unieron a sus risas. Después, volvió a beber del cuerno lleno de brebaje, rebosando éste por ambas partes de la cara y derramándose a través de su cuello hasta las pieles de su vestimenta, para a continuación gritar con autoridad:

     

     - ¡Que suene la música! ¡Que entren las bailarinas!

     

     

    (Del libro Wo Oshimu, de Ichigeki Hisatsu Shibumi-san)

     
     
      

    *

                                                                

    Octubre, 5 (Alegoría del I Aniversario de una segunda oportunidad)

       Y pasan los días. Una hora va a rueda de otra, sin perder su rebufo minuto a minuto. Cada una de las horas, guiada por complicados mecanismos ideados por la mente del hombre para medir el tiempo, en su loco afán por controlar cuanto le rodea. Pensando, dentro de su  inconsciencia, que todo tiene que ver con él, pero nada le afecta de forma personal. Y lo que es peor: que todo cuanto le rodea le pertenece.

     

    Y mientras pasan, de vez en cuando sigo teniendo aquel leve estremecimiento en los hombros y en la espalda; el mismo escalofrío que sentí al coger un melocotón robado a un árbol cultivado por otro hombre. El que sentí las primeras veces que empecé a salir a la calle solo. Al conocer lugares, locales, libros, músicas y personas por mí mismo. Al saludar a alguien ya “conocido”. Al sostener la primera mirada. Al ser consciente del día, de la noche, del aire y los olores y aromas que éste conlleva. Del andar y del caminar. De la vida con su adjunta e inevitable muerte.

    - Esto es muy grande, y hay que tomarlo con calma- me decían mis adentros. Fue este mismo tiempo que pasa inexorable quien me dio la razón: todos a quienes conocí que quisieron comerse el mundo, acabaron siendo engullidos por él. No es un escalofrío derivado del miedo;  quizá sí aparezca al tener la certeza de la pequeñez e insignificancia que nos caracteriza. De la fugacidad de nuestra existencia. Aun lo siento, sí: lo siento y me reconforta.

     

    Y pasan los días. Y pienso que el Ahora, desde el punto de vista de la instantaneidad, jamás ha existido. Nos decimos a nosotros “Vive el momento, ¡Carpe diem!”… sin detenernos a pensar que cuando decimos “momento”, éste ya forma parte del pasado; que mientras pensamos “¡Ya!”, ya está pasando. La inexorable y afilada manecilla del segundero apenas da abasto para contar la infinidad de irrecuperables segundos que van cayendo decapitados a su paso, quedando en el olvido de una fosa común. Mientras tanto, cada cual vive de la forma más cómoda  posible, aquello con lo que le ha tocado vivir. Yo, tomo aliento. Y lo expulso. Y recuerdo que leí en algún sitio que el oxigeno oxida, envejece. Pero no importa: ya pasó.

     

    Y mientras pasan, me cruzo en las aceras con caras ensimismadas, sumidas en miles de problemas sin importancia. Problemas exageradamente engrandecidos, que si no existen los creamos. Cuando nos llegue la hora del adiós a todo, si nos da tiempo, pensaremos en cuantos momentos de angustia hemos vivido, debido a insignificancias absurdas que ahora nos parecen terribles. Los malos y los buenos momentos no se quedaran ni siquiera en el pasado. Entonces, aunque demasiado tarde, aprenderemos a distinguir cuales eran las cosas realmente importantes, si es que las habían.

     

    Y pasan los días, y sigo escuchando voces que dicen que la vida es perra o maravillosa, pero nunca oí a nadie decir que la vida fuese fácil. En los tiempos en que una aventura consistía en abrochar un botón en lugar de desabrocharlo, mi padre me enseñó que tenía que aprender a vestirme por mí mismo. Y eso, cuando aun no había llegado a conocer la terrible asignatura que sería aprender a enlazar los cordones de mis zapatos. Ya hace tiempo que me visto por mí mismo, y hasta la fecha de hoy, nunca se me han caído los pantalones por la calle. La vida no es fácil ni aquí, ni ahí, ni allá. No está hecha para los débiles, y uno debe aprender a masticar su propio arroz.

     

    Y mientras pasan, sigo mirando a las estrellas con los ojos de un niño ya grande, y como un niño, sigo pensando que nuestros vecinos del cielo dejan las luces encendidas toda la noche y cada noche. Y que aunque todos los años vuelven las oscuras golondrinas de Becker, no siempre son las mismas y algunas quedaron en el camino, reemplazadas por otras nuevas. Porque todo lo que se rompe, o es reparable o  reemplazable, ya que lo imprescindible tiene una dudosa existencia.

     

    Y pasan los días, y sigo subiendo a trenes que no sé a donde me van a llevar. Mientras, observo como otros se van sin mí porque no se puede estar en todos. Y otros tantos que no veo pero de los que estoy  seguro que antes o después pasaran por esta misma estación. Y si no lo hacen, cuanto menos me permito soñar que lo harán. Supongo que también habrá otros trenes que ni siquiera intuyo, porque son muchos los impulsos eléctricos que nos pasan desapercibidos en forma de ideas; luces que deambulan por el interior del cerebro, a una velocidad de casi trescientos mil kilómetros por segundo.

     

    Y mientras pasan, vamos dejando en el olvido asuntos como aquella gran carrera que todos ganamos antes incluso de ser embriones; cuando no había un podium para el segundo clasificado y dejábamos atrás a miles de congéneres, llevados por nuestras ansias de vida. Por existir. Y olvidamos que cuando se ha sido campeón una vez, se es campeón para siempre. Nos volvemos incapaces de detectar ante un espejo, aquel brillo que veíamos en nuestros ojos cuando éramos niños. El brillo donde reside la sagacidad, la tenacidad y la osadía. La fuerza del impulso. El empuje que nos ayuda a seguir hacia adelante. Olvidamos que la carrera no ha hecho más que empezar; que merecemos estar aquí porque todos los que estamos somos campeones y nos lo hemos ganado . Y olvidamos también que cuanto más lejana esté la meta, más motivos deberíamos tener para sonreír.

     

    Y pasan los días con sus noches. O las noches con sus días, que igual me da.

    Y mientras pasan, espero volver a despertar mañana y sentir las horas pasar.

    Como en cada día… para mañana, hoy, será ayer.

     

     

    (Ichigeki Hisatsu Shibumi-san)

     

     

    reloj de bolas Reloj en PragaReloj mecánico de arena

    Nada.

     

    (Entre nosotros <y ahora que estamos solos>: te felicito por haber sabido mirar en donde aparentemente no había nada; decide tú si ha valido la pena.)

     

     

    La nada no es nada y como no es nada, puede ser cualquier cosa; pero no cualquier cosa puede ser nada.

    Para que cualquier cosa sea nada, no puede ser cualquier cosa puesto que entonces será algo. Si es algo, ya no es nada porque la nada no puede ser algo; y si no es nada, entonces es cualquier cosa. Pero quedamos en que no cualquier cosa puede ser nada, por lo que llegamos a la conclusión de que nada es nada, pero nada no puede ser nada, ni algo, ni cualquier cosa.

     

    Si hay "algo" llamado "nada", ya es algo y por lo tanto ha dejado de ser nada.

     

    En lenguaje coloquial se conoce como nada a la ausencia de todo, o de algo, o de nada; lo que nos lleva a plantearnos el problema de la auto referencia (Gödel): “Si nada es la ausencia de nada (es decir, nada de nada), podemos concluir que el conjunto <Nada> no se puede contener a sí mismo”.

     

    En términos de Zonofavic, la nada es como un huevo vacío y sin cáscara.

     

    Los físicos y los existencialistas como Jean Paul Sastre, definen a la nada (a mí personalmente me parece la mejor definición),  como lo siguiente: 

    ...El laberinto sentimental, de José Antonio Marina.

     
    Somos inteligencias emocionales. Nada nos interesa más que los sentimientos, porque en ellos consiste la felicidad o la desdicha. Actuamos para mantener un estado de ánimo, para cambiarlo, para conseguirlo. Son lo más íntimo a nosotros y lo más ajeno. No sentimos lo que querríamos sentir. Somos depresivos cuando quisieramos ser alegres. Nos reconcomen las envidias, los miedos, los celos, la desesperanza. Desearíamos ser generosos, valientes. tener sentido del humor, vivir amores intensos, librarnos del aburrimiento, pero nos zarandean emociones imprevistas o indeseadas.

    _________________________________________________________

    “Los hombres desean no temer, comienzan a hacer temer a los otros y aquella injuria que quieren ahuyentar de sí la dirigen contra el otro, como si fuera necesario ofender o ser ofendido”.

    (Discurso sobre la primera década, de Tito Livio)


     
    Ciudad laberinto
     

    Tibet, un mundo, un sueño.

     

    Rompo desde aquí, una pequeña lanza en favor de Tíbet, vertiendo mi opinión de forma estrictamente personal.

     Aunque pienso que las fronteras son tan solo marcas dibujadas con la orina de los perros que quieren apaciguar su afán de poder (delimitando “su”  territorio), estoy convencido de que si Tíbet tuviese el petróleo de Kuwait, las fuerzas de la comunidad internacional ya habrían tomado cartas en cuanto al asunto de la terrible y sangrienta invasión por parte del pueblo chino a Tíbet, desde hace mucho tiempo; pero no obstante, cada día que pasa, los grandes mandatarios tienen menos pudor a la hora de enseñar sus vergüenzas al mundo, porque ellos ni tan siquiera lo ven ya como algo vergonzoso. Lo único que realmente les importa, son sus intereses políticos, el poder, y sobre todo el dinero.

     No dudan en enviar sus tropas (aunque de pacificación, también siempre bélicas), a tal o cual país, siempre y cuando esto suponga obtener una “zona" estratégicamente importante, o en su defecto, cuantiosos beneficios económicos.

     Tíbet, quizá uno de los países más pacíficos (aquí se habla de PAZ) que existen, en el que sus habitantes intentaron repeler en 1950, la terrible agresión de China (provistos de armas automáticas y modernas), con las armas de su arsenal, que constaba de poco mas que lanzas, arcos y flechas. Esto nos podría llevar a plantearnos lo siguiente: ¿Es suficiente motivo el hecho de que un país con soberanía no piense en matar, (y no dedique grandiosas partes de su presupuesto en armamento), para invadirlo y adueñarse de él? ¿No sería mas cómodo el mundo, si los demás países tomasen ejemplo de Tíbet y las personas no pensaran en matarse unas a otras?

     

     Nos hablan de la soberanía de los países, de sus culturas, de sus creencias propias, etc. Pero esas cosas ya no importan. La riqueza cultural de un país, ya no es riqueza si no va acompañada de pozos petrolíferos, diamantes, oro…

      Se está perdiendo la vergüenza, si es que no se ha perdido ya. Gentes de familias adineradas, y con una educación tan exquisita que se nos escapa, no dudan en pelearse como perros o insultarse unos a otros delante de millones de espectadores a través de los medios de comunicación, para conseguir un mísero voto en las urnas, que les permita aumentar así su poder, su estatus, y sobre todo sus arcas, en nombre de la democracia, la república o el sistema político que toque en esos momentos, argumentando que quieren aumentar nuestro bienestar social; que lo que desean con todas sus fuerzas, es ayudarnos a vivir mejor.

      Señores, si es por eso, a mí no me ayuden; ya vivo por mí mísmo, al tiempo que intento respetar a quien tengo al lado. Ayúdense ustedes, que aún con sus arcas llenas, están más necesitados.

       En mi opinión, los Valores del Tesoro, son lo de menos valor en comparación con otros valores, como por ejemplo lo puedan ser los Valores Humanos. Ni sé, ni soy quien para enseñarles, pero ya que lo tienen, deberían aprender a usar el poder para intentar hacer el bien en el mundo.

     

     

     Tibet invasion 34chino philborges_tibet 6 2 bg-csl-monks_430px Dalai Lama FREE%20TIBET%20candleglow%202       

    - El vuelo de una mosca -

     

    "El local estaba limpio; pero así y todo, el chico frotaba el mostrador en un vano intento de lustrarlo aun más.

    En el rincón de costumbre, la pandilla habitual de jóvenes  continuaba bebiendo e increpando al forastero que seguía sentado en la misma posición, con la boca entreabierta y observando ensimismado el vuelo interminable y circular de una mosca, sin haber probado aún la limonada que había pedido, y que el muchacho del mostrador le había servido dejándola sobre la baja mesa.

     

    Se dice que en todos los pueblos, hay un tonto; alguien que es más tonto que el resto de tontos. Un tonto, que destaca sobre los demás. De seguro, este forastero era el  tonto de algún pueblo cercano y había elegido esta casa de licores para apaciguar su sed.

    El chico del mostrador dejó de abrillantarlo, para dedicarse a secar con un paño, la humedad de las tazas lavadas previamente. El forastero, optó por dar un largo sorbo a su limonada, para después continuar mirando la mosca, no escuchando en apariencia, los comentarios e insultos que los clientes de la otra mesa le dedicaban. Clientes éstos a los que por momentos costaba más trabajo entender, a medida que consumían el sake tibio.

     

    -         ¡Eh, tu, idiota! Dinos… ¿Qué te está contando tu amiga la mosca? ¿O acaso estas esperando a que se adentre en tu boca para acompañar tu bebida? 

     

    Y las carcajadas, algunas forzadas, volvían a sonar una y otra vez.

    Al cabo de un rato, el forastero terminó su limonada. Se acercó al mostrador y abonó el importe de lo que había consumido, dándole también las gracias al chico.

    Cuando llegó hasta la puerta del local, se giró, y respondió a la pregunta que momentos antes le habían formulado:

     

    -         Esa mosca, con su circular vuelo, me ha hecho ver que todo puede ser cíclico; que todas las cosas terminan para volver a empezar. Que todo se puede repetir. Es posible que no sea así… Pero en cualquier caso, es infinitamente más interesante que cualquier cosa que hayas dicho tú en toda la tarde.

     

    Y diciendo esto, abandonó el local.

    El muchacho del mostrador se quedó pensativo, y después corrió tras él. Una vez en la calle, le preguntó:

     

    -         Disculpe señor, ¿Por qué razón atiende a las palabras de los estúpidos?

    -         Porque al igual que del vuelo de aquella mosca, se puede aprender de todo cuanto nos rodea; los estúpidos, nos enseñan como no debemos comportarnos para así no ser de su condición.

     

    El muchacho volvió al interior del local, donde ahora reinaba el silencio, y continuó secando las tazas.

    Tal vez, ya no quedaba nadie de quien reír en aquél local. Tal vez."

     

    (Del libro Wo Oshimu, de Ichigeki Hisatsu Shibumi-san)

     

    Samurai de el clan Chosyu, durante el periodo de guerra boshin 

    - Para siempre jamás -

     

    “La luz ya mortecina del día acariciaba su espalda, alargando las sombras por delante de él, más allá de su montura. Por debajo del perfil de su viejo sombrero de paja de arroz y fija la vista en la punta de las orejas del animal, se dejaba mecer por el cansino caminar de la mula.

    Tendría que acelerar el paso, si quería llegar a la posada antes del anochecer.

    Alzó la cabeza para intentar divisar el final del camino, cuando algo de apariencia insignificante llamó poderosamente su atención: el extraño vuelo de una golondrina.

    El pequeño y oscuro pajarillo bajaba volando vertical casi hasta el suelo, para volver a subir de forma igualmente vertical y rápida hasta una altura de cuatro o cinco metros, para volver a bajar una y otra vez. Y otra. Y después otra vez más, sin descanso; sin darse la más mínima tregua a sí misma.

    Cuando llegó hasta la altura de la pequeña golondrina, el jinete obligó a la mula a aminorar el paso, al observar el motivo del comportamiento del ave: otra golondrina, con un ala recogida y otra extendida, yacía inerte en el camino como una mancha de tinta negra.

    El viajero, ignorando que muy posiblemente se le haría de noche antes de arribar a su destino, hizo parar a su montura y se apeó de ella.

    Tomó asiento sobre una piedra de la cuneta, y hurgando en su bolsa de viaje encontró la pipa que encendió y empezó a inhalar el humo.

    En algún lugar, hacía mucho tiempo, había oído hablar sobre la fiel y natural monogamia de algunas especies animales. Le pareció que lo que estaba viendo, bien merecía unos momentos de atención.

    La golondrina viva, parecía decirle a su compañera:

     

    -         ¡Vamos! ¿Qué estas haciendo ahí? Se hace de noche… ¡Levántate y vuela junto a mí como antes; como siempre! ¡Volemos juntos de nuevo!

     

    En los ojos cansados del viajero empezó a asomar el singular brillo de una lágrima y respiró hondo.

    Después, continuó su camino sobre la mula, acompañado de sus propios recuerdos.”
     
     
     

    (Del libro Wo Oshimu, de Ichigeki Hisatsu Shibumi-san)

    Golondrina.

    ハリケーンへの突進の単語 (Palabras del bambú al huracán)

     

    "Puedes usar toda la furia que seas capaz de concebir; pero debes ser consciente de que cuando inevitablemente te venza la calma, mi sombra ahora rota, volverá a ocupar su lugar jugueteando con el sol, para de nuevo dibujar sus ciclos sobre el suelo. Y tu esfuerzo habrá sido tan en vano como lo es tu absurdo enfado.

    Yo, permaneceré erguido pese a ti, en todo mi esplendor; y tú, habrás sido lo que ya antes eras: algo que ocurrió. Quizá, ni siquiera un recuerdo" 
     
     
    (Del libro Wo-Oshimu, de Ichigeki Hisatsu Shibumi-san) 
     
     
     Oriental in the windowsBambu

    - El hombre ilustrado -

     

    “El hombre ilustrado se movía en sueños. Se volvía a un lado y a otro, y con cada movimiento, una escena nueva comenzaba a animarse y le coloreaba la espalda , el brazo, la muñeca.

     

    El hombre ilustrado alzó una mano sobre la oscura hierba de la noche. Los dedos se abrieron y allí, en su palma, otra ilustración nació a la vida”

     

    (Ray Bradbury)                       
     
     

    ...Orient Express, de Jhon Dos Passos

     

    El sol de nuestra generación ha estallado en mil pedazos y su quebrada luz llamea en bandas de inquietantes colores. Sube al tren, en Florida están vendiendo la felicidad en parcelas de un acre. Así pues, debemos continuar viajando a través de los continentes, ensordecidos siempre por el estruendo de las ruedas y por el rugido del motor de los aviones, para revolcarnos en todos los mares con el olor del aceite recalentado en la nariz y el latido de las máquinas en la sangre. Y de toda esa Babel de ciudades apiladas unas sobre otras y de continentes sobre continentes, de ese mundo exprimido hasta la última gota o estirado a nuestro antojo, elástico como una pelota de goma nueva, ¿qué sacamos en limpio? Paz, desde luego, no. Ésa es la razón por la que en esta época de gigantescas máquinas y hombres de mente escurridiza es imprescindible contar con un poco de música. Necesitamos que los hijos de Homero hagan resonar el tumultuoso aullido del mundo a un ritmo más humano, ayúdándonos así a superar el miedo.

     

                                 

    ... Notas de andar y ver, de José Ortega y gasset.

     
    (Arte)
     
    La verdadera emoción estética, sólo se produce en quien no está dispuesto a tenerla y no ha preformado el gesto de admiración. Se hace uno el siguiente razonamiento: si en efecto hay tantas cosas bellas como se dice, una de dos: o su belleza nos mataría de tanto conmovernos, o es la belleza una sustancia tan tibia e inocua que no merece la pena ni hablar de ella. Yo creo que se ha perdido el sentido del arte a fuerza de multiplicarlo y abaratarlo. Cuánto mejor considerar el arte como una aventura que sobreviene alguna que otra vez, muy raramente. Por lo pronto es una sorpresa. Vamos por la vida ocupados en nuestros asuntos y de repente algo nos arrebata, nos saca de nuestro quicio, nos infunde un frenesí, nos arrastra como el vendaval divino a los profetas hacia una localidad extramundana. No hay arte sin éxtasis en el sentido más riguroso de la palabra, que es
    “estar fuera de sí”.
     
     
     
    (Vivir)
     
    La mayor parte de los hombres, no hacemos sino querer en el sentido económico de la palabra: resbalamos de objeto en objeto, de acto en acto, sin tener el valor de exigir a ninguna cosa que se ofrezca como fin a nosotros. Hay un talento del querer, como lo hay del pensar. Y son pocos los capaces de descubrir por encima de las utilidades sociales que rigen nuestros movimientos, que nos imponen esta o aquella actitud, su querer personalísimo. Solemos llamar vivir a sentirnos empujados por las cosas, en lugar de conducirnos por nuestra propia mano.
     

    ¿Por qué lo haces, Kyokushin?

     
     
    Controlar la excitación, jamás me resultó tarea fácil.
     
    - No fuerces ahora; tan solo limítate a calentar músculo y elongar tendón.
    - Hai, sensei. Lo siento.
     
    Escucho por megafonía el nombre que me identifica, seguido de otro que me resulta extraño: anuncian el próximo kumite o combate, y los asistentes al evento lo aprueban con tímidos aplausos.
     
    - ¿Quién es, sensei? -Pregunto-
    - El sudafricano alto. Deberás acortar distancia y trabajarlo desde dentro. No te separes. Usarás técnicas cortas como mawashi gedan geri tanto interior como exterior, al fémur. Y mucho shita tsuki a las costillas flotantes...sobre todo de gyaku. Todo muy corto; pegado a él, excepto si falla al medir distancias o duda al atacar. Que no te encuentren sus piernas. Este kumite debe ser mero trámite para nosotros. Hay que ganar.
    - Hai, sensei.
     
    Mientras escucho los consejos, busco a mi futuro adversario con la mirada; y cuando lo encuentro, él ya me esta mirando. Me conoce, o al menos ha oído hablar de mí. Está preparado, y me saluda con media sonrisa que no sé como debo interpretar, así que respondo a su saludo con una leve (pero al mismo tiempo solemne, respetuosa y seria) inclinación a modo de saludo japonés tradicional, de la forma más pura que soy capaz de efectuar. Pierde la media sonrisa, y eso me dice que sin proponermelo aún, ya voy ganando.
     
    Al entrar en la zona, ambos saludamos al tatami y nos dirigimos al centro. El público ya ha empezado a hacer audible su perenne susurro, su murmullo. Por su parte, el juez principal nos explica las normas elevando fuerte su voz, como si acaso tuviera algo personal en nuestra contra. Cuando termina, nos ordena volver a nuestros puestos. Siento latir mi corazón con fuerza, y el circular de la sangre por mis venas regando los tensos músculos que han sido preparados durante años, para este momento. Me siento ligero y al mismo tiempo aferrado al suelo. Mi rival clava los ojos en mi y yo los mios en él. Ojos negros rodeados de un blanco que destaca sobre su negra piel. Es fuerte, y también aparenta ser rápido y ágil. Ya no tiene la sonrisa. No estoy solo: sé que mi sensei está situado fuera del tatami detrás de mí, atento a todo cuanto ocurre, e incluso a lo que podría ocurrir si él no me avisa antes y entre los dos lo evitamos.
     
    El juez principal se sitúa en posición de combate entre mi rival y yo, dandonos a cada uno un perfil diferente, sin mirarnos... y levanta sus puños en guardia como si fuera él mísmo quien va a luchar. 
    A estas alturas, el resto del mundo incluído el público, ha dejado de existir en todos los aspectos.
    Silencio; aunque soy consciente de la tremenda algarabía que debe haber en las gradas. Silencio; ya no oigo a quienes me animan con sus gritos, ni a quienes animan a mi contrincante. Silencio; ya no oigo.
    Suena la voz del juez: ¡Kumite dachi!
    Abro mi posición de combate, y también mi rival. Adelanto mi pierna izquierda, y él la derecha: es zurdo. Escucho a mi sensei detrás: ¡Es zurdo, Bumi, es zurdo!
    De repente, como si de un trueno se tratara, se escucha la orden de empezar:
     
    ¡AJIMEEEEE...!
     
    Suelto al cielo mi kiai como si se tratara del grito de mil demonios y voy hacia mi adversario y compañero. Pienso rápida e intensamente. Solo existe él y yo en el mundo. Cientos de sensaciones se agolpan en mí. Este es el momento para el cual me he preparado; el momento en que dejo atrás tanto sufrimiento. Es mi momento. Aquí no se aceptan mentiras; es real. Siento que toco la vida. Siento la vida en mí. Me siento yo. Ahora, soy yo y estoy conmigo.
    Estoy vivo.
     
     

    ...La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera.

     

    "Lo que solo ocurre una vez es como si no ocurriera nunca. Si el hombre solo puede vivir una vida es como si no viviera en absoluto.

    Si cada uno de los instantes de nuestra vida se va a repetir infinitas veces, estamos clavados a la eternidad como Jesucristo a la cruz. La imagen es terrible. En el mundo del eterno retorno descansa sobre cada gesto el peso de una insoportable responsabilidad. Ese es el motivo por el cual Nietzsche llamó a la idea del eterno retorno la carga más pesada (das schwerste Gewicht). Pero si el eterno retorno es la carga más pesada, entonces nuestras vidas pueden aparecer, sobre ese telón de fondo, en toda su maravillosa levedad.

    ¿Pero es de verdad terrible el peso y maravillosa la levedad?

    La carga más pesada nos destroza, somos derribados por ella, nos aplasta contra la tierra. Pero en la poesía amatoria de todas las épocas la mujer desea cargar con el peso del cuerpo del hombre. La carga más pesada es por lo tanto, a la vez, la imagen de la más intensa plenitud de la vida. Cuanto más pesada sea la carga, más a ras de tierra estará nuestra vida, más real y verdadera será. Por el contrario, la ausencia absoluta de carga hace que el hombre se vuelva más ligero que el aire, vuele hacia lo alto, se distancie de la tierra, de su ser terreno, que sea real sólo a medias y sus movimientos sean tan libres como insignificantes."

     

    - Diminutamente grande -

     

    “El enorme ojo de la colosal ballena, busca en el horizonte del inmenso océano, la línea que le lleve hacia la gigantesca oscuridad bajo la luz de los astros que brillan allá en el firmamento infinito.

    Desde allí, el planeta Tierra debe ser tan solo una ínfima partícula azul; apenas nada.

    Según desde donde se mire, ni siquiera eso.
     
    (Del libro Wo Oshimu, de Ichigeki Hisatsu Shibumi-san)

    - Un momento mágico -

     
     
    “Deja que sea yo, quien susurre a tu oído palabras aún no escritas por la mano del hombre. Frágiles palabras, que hagan estremecer cada uno de los poros de tu piel; el brillo de tus ojos; tu feminidad.
    Y en mi interior, muy adentro, oro. Oro con toda la fuerza de la que soy capaz, para que el Dios del Amor  me dé un poder que me permita crear dentro de una burbuja, un momento mágico en el que sólo quepamos tres: tu, yo... y los sentidos.
     
     
     
    (Del libro Wo- Oshimu, de Ichigeki Hisatsu Shibumi-san)

    ... De las mujeres illustres en romance, de Johan Boccaccio.

     

    “Más vale la tristeza del cuerdo que la alegría del loco; mejor llorar como sabio que reír como ignorante o niño”.

     Porque la perfección del saber es la del entendimiento; lumbre y arreo de la razón, que es lo más alto y mejor del hombre. El deleite, también lo sienten las bestias.

    El que ríe no sabiendo de qué o no sabiendo como debe, más cerca está de la bestia que del hombre. Más razonable es plañir y llorar como un hombre, que reír como un niño.

    (Gentileza de Kasandra)  

          

    Sobre la lengua y la palabra

     

    Mucho se ha hablado sobre la naturaleza de la actividad profesional de vuelta al siglo e innumerables preocupaciones han surgido sobre la decadencia y perdida de ciertos oficios y profesiones por la creciente invasión de los medios electrónicos y de lo que ello significa: no menos de un fatalista ha augurado la muerte del libro, la palabra escrita y la lengua en general por esta deshumanización extendida promovida por las computadoras.

    Estas predicciones de fin de milenio parecen olvidar que la lengua es el medio a través del cual no solo obtienen, sino que también vehiculan el conocimiento y lo transforman. Los medios electrónicos son pues, tan solo una manifestación de la lengua escrita y de la manera en que los seres humanos interactúan entre sí.

    En la misma vía, los lingüistas también han abonado su cuota a la visión fatalista en torno a la lengua: al poner énfasis en el nivel de abstracción de la lengua, la mirada de la lingüística (y de las ciencias del lenguaje en general), se ha perdido.

    (Reseñas sobre el Diccionario de las jergas de habla hispana, de Guadalupe Bejarle Pano)

     

    - Eien - (Eternidad)

     "Ya había transcurrido mucho tiempo desde que olvidó el momento en el cual llegó hasta el valle que eligió para curar su dolor de alma; pero no las sensaciones que sintió al internarse en él y observar como la brisa acariciaba sutilmente el verde mar de hierba alta que se abría ante su exhausta mirada.

    En su centro, ahora el gran torii de piedra que años atrás había construido con sus propias manos, representando la puerta de entrada a otro mundo, ya había envejecido, dando vida a una infinidad de pequeñas partículas de musgo que enriquecían la imagen del mismo, otorgándole sensación de impertérrito e inmortal.

    Eien, ya viejo y hendido por el paso del tiempo, aprendió a compartir su vida con aquello que le rodeaba; a hablar sin usar palabras con el reflejo del sol en el riachuelo. A comprender los mensajes de una nube solitaria. A escuchar como crecía el enorme y centenario roble, que le susurraba al oído que era un árbol joven, ya que aquella roca de allí, era milenaria. Las horas no existían, y los momentos eran tan agradables como intensos, porque cada uno de ellos disponía de su tiempo adecuado.

     Eien, había aprendido ya a ser parte de un todo que jamás antes hubiera imaginado, si es que existió ese antes que no recordaba, o si acaso alguna vez lo recordó.  Y no solo eso, sino que aún continuaba aprendiendo. ¿De dónde venía aquel dolor de alma que le hizo llegar hasta allí?… ¿Qué dolor de alma?… ¿Qué era un dolor de alma?... ¿De dónde venía qué?
     
     Movió los hombros hacia arriba en un claro gesto de indiferencia, recostó su cabeza hacia atrás, apoyándola sobre las palmas de sus manos que ya tenían los dedos entrelazados, y cerrando los ojos, se durmió en aquella hermosa tarde de primavera, a la sombra de un enorme y centenario árbol joven."
     
     
     
    (Del libro Wo-Oshimu, de Ichigeki Hisatsu Shibumi-san)