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    - El juicio del loco -

     

         El caudillo del clan se acomodó las rudas e incomodas  pieles que le servían de vestidura, y dando otro largo sorbo al extraño brebaje, eructó con absorta parsimonia, para seguidamente continuar interrogando al extraño extranjero de ojos rasgados, que maniatado y ferozmente magullado, yacía a sus pies.

     

     - ¿Y dices que vienes de más allá del mar?

     

     - Así es, señor. Y  también he viajado por diferentes países del continente, teniendo la oportunidad de conocer todo tipo de artilugios y gentes de diferentes cualidades.

     

     - ¡Diferentes cualidades! –  El caudillo clavó sus terribles ojos negros en el prisionero  – ¡Como si acaso tú no fueses lo suficientemente raro, maldito charlatán! Tus palabras revolucionarias hacen que las gentes del poblado empiecen a tener la cabeza llena de pensamientos tan absurdos como tus palabras. Algunos, hasta empiezan a creer que pronto tendrán una vida aun mejor que la que tienen. Háblame otra vez de ese artilugio que permite separar los pies del suelo.

     

    El extranjero llenó sus pulmones de aire, intentando ignorar el dolor que este simple acto le producía en las costillas de la parte izquierda de su cuerpo.

     

     - El invento del que hablo, señor, no solo permite a la gente separar los pies del suelo, sino incluso elevarse o vivir en planos diferentes, y también, por ejemplo, podría permitir a una persona tener dos casas en un mismo edificio. Realmente es algo de tal simpleza, que le asombraría conocerlo.

     

    El caudillo, arrugando el ceño y apretando los oscuros dientes con fiereza, procedió a rascarse la entrepierna con inusitada fruición. Seguidamente masculló:

     

     - ¡Ya he escuchado suficientes badomías! ¡Ordeno que al amanecer seas atado a un poste y puesto al sol! A ver si así desaparecen esas ideas locas de tu cabeza.

     

    A continuación, los guerreros levantaron al prisionero para llevarlo de nuevo a las mazmorras; pero justo antes de cruzar las puertas, el caudillo le preguntó de nuevo:

     

     - ¡Extranjero! ¿Cómo dices que se llama ese artilugio tuyo?

     

     - Escalera. Su nombre es escalera, señor.

     

     - ¡Menuda majadería! Aún es más descabellado el nombre que el propio invento. Vaya imaginación enfermiza. Lleváoslo.

     

    Y dicho esto, soltó varias risotadas mirando a los congregados que alegres se unieron a sus risas. Después, volvió a beber del cuerno lleno de brebaje, rebosando éste por ambas partes de la cara y derramándose a través de su cuello hasta las pieles de su vestimenta, para a continuación gritar con autoridad:

     

     - ¡Que suene la música! ¡Que entren las bailarinas!

     

     

    (Del libro Wo Oshimu, de Ichigeki Hisatsu Shibumi-san)

     
     
      

    Octubre, 5 (Alegoría del I Aniversario de una segunda oportunidad)

       Y pasan los días. Una hora va a rueda de otra, sin perder su rebufo minuto a minuto. Cada una de las horas, guiada por complicados mecanismos ideados por la mente del hombre para medir el tiempo, en su loco afán por controlar cuanto le rodea. Pensando, dentro de su  inconsciencia, que todo tiene que ver con él, pero nada le afecta de forma personal. Y lo que es peor: que todo cuanto le rodea le pertenece.

     

    Y mientras pasan, de vez en cuando sigo teniendo aquel leve estremecimiento en los hombros y en la espalda; el mismo escalofrío que sentí al coger un melocotón robado a un árbol cultivado por otro hombre. El que sentí las primeras veces que empecé a salir a la calle solo. Al conocer lugares, locales, libros, músicas y personas por mí mismo. Al saludar a alguien ya “conocido”. Al sostener la primera mirada. Al ser consciente del día, de la noche, del aire y los olores y aromas que éste conlleva. Del andar y del caminar. De la vida con su adjunta e inevitable muerte.

    - Esto es muy grande, y hay que tomarlo con calma- me decían mis adentros. Fue este mismo tiempo que pasa inexorable quien me dio la razón: todos a quienes conocí que quisieron comerse el mundo, acabaron siendo engullidos por él. No es un escalofrío derivado del miedo;  quizá sí aparezca al tener la certeza de la pequeñez e insignificancia que nos caracteriza. De la fugacidad de nuestra existencia. Aun lo siento, sí: lo siento y me reconforta.

     

    Y pasan los días. Y pienso que el Ahora, desde el punto de vista de la instantaneidad, jamás ha existido. Nos decimos a nosotros “Vive el momento, ¡Carpe diem!”… sin detenernos a pensar que cuando decimos “momento”, éste ya forma parte del pasado; que mientras pensamos “¡Ya!”, ya está pasando. La inexorable y afilada manecilla del segundero apenas da abasto para contar la infinidad de irrecuperables segundos que van cayendo decapitados a su paso, quedando en el olvido de una fosa común. Mientras tanto, cada cual vive de la forma más cómoda  posible, aquello con lo que le ha tocado vivir. Yo, tomo aliento. Y lo expulso. Y recuerdo que leí en algún sitio que el oxigeno oxida, envejece. Pero no importa: ya pasó.

     

    Y mientras pasan, me cruzo en las aceras con caras ensimismadas, sumidas en miles de problemas sin importancia. Problemas exageradamente engrandecidos, que si no existen los creamos. Cuando nos llegue la hora del adiós a todo, si nos da tiempo, pensaremos en cuantos momentos de angustia hemos vivido, debido a insignificancias absurdas que ahora nos parecen terribles. Los malos y los buenos momentos no se quedaran ni siquiera en el pasado. Entonces, aunque demasiado tarde, aprenderemos a distinguir cuales eran las cosas realmente importantes, si es que las habían.

     

    Y pasan los días, y sigo escuchando voces que dicen que la vida es perra o maravillosa, pero nunca oí a nadie decir que la vida fuese fácil. En los tiempos en que una aventura consistía en abrochar un botón en lugar de desabrocharlo, mi padre me enseñó que tenía que aprender a vestirme por mí mismo. Y eso, cuando aun no había llegado a conocer la terrible asignatura que sería aprender a enlazar los cordones de mis zapatos. Ya hace tiempo que me visto por mí mismo, y hasta la fecha de hoy, nunca se me han caído los pantalones por la calle. La vida no es fácil ni aquí, ni ahí, ni allá. No está hecha para los débiles, y uno debe aprender a masticar su propio arroz.

     

    Y mientras pasan, sigo mirando a las estrellas con los ojos de un niño ya grande, y como un niño, sigo pensando que nuestros vecinos del cielo dejan las luces encendidas toda la noche y cada noche. Y que aunque todos los años vuelven las oscuras golondrinas de Becker, no siempre son las mismas y algunas quedaron en el camino, reemplazadas por otras nuevas. Porque todo lo que se rompe, o es reparable o  reemplazable, ya que lo imprescindible tiene una dudosa existencia.

     

    Y pasan los días, y sigo subiendo a trenes que no sé a donde me van a llevar. Mientras, observo como otros se van sin mí porque no se puede estar en todos. Y otros tantos que no veo pero de los que estoy  seguro que antes o después pasaran por esta misma estación. Y si no lo hacen, cuanto menos me permito soñar que lo harán. Supongo que también habrá otros trenes que ni siquiera intuyo, porque son muchos los impulsos eléctricos que nos pasan desapercibidos en forma de ideas; luces que deambulan por el interior del cerebro, a una velocidad de casi trescientos mil kilómetros por segundo.

     

    Y mientras pasan, vamos dejando en el olvido asuntos como aquella gran carrera que todos ganamos antes incluso de ser embriones; cuando no había un podium para el segundo clasificado y dejábamos atrás a miles de congéneres, llevados por nuestras ansias de vida. Por existir. Y olvidamos que cuando se ha sido campeón una vez, se es campeón para siempre. Nos volvemos incapaces de detectar ante un espejo, aquel brillo que veíamos en nuestros ojos cuando éramos niños. El brillo donde reside la sagacidad, la tenacidad y la osadía. La fuerza del impulso. El empuje que nos ayuda a seguir hacia adelante. Olvidamos que la carrera no ha hecho más que empezar; que merecemos estar aquí porque todos los que estamos somos campeones y nos lo hemos ganado . Y olvidamos también que cuanto más lejana esté la meta, más motivos deberíamos tener para sonreír.

     

    Y pasan los días con sus noches. O las noches con sus días, que igual me da.

    Y mientras pasan, espero volver a despertar mañana y sentir las horas pasar.

    Como en cada día… para mañana, hoy, será ayer.

     

     

    (Ichigeki Hisatsu Shibumi-san)

     

     

    reloj de bolas Reloj en PragaReloj mecánico de arena

    - El vuelo de una mosca -

     

    "El local estaba limpio; pero así y todo, el chico frotaba el mostrador en un vano intento de lustrarlo aun más.

    En el rincón de costumbre, la pandilla habitual de jóvenes  continuaba bebiendo e increpando al forastero que seguía sentado en la misma posición, con la boca entreabierta y observando ensimismado el vuelo interminable y circular de una mosca, sin haber probado aún la limonada que había pedido, y que el muchacho del mostrador le había servido dejándola sobre la baja mesa.

     

    Se dice que en todos los pueblos, hay un tonto; alguien que es más tonto que el resto de tontos. Un tonto, que destaca sobre los demás. De seguro, este forastero era el  tonto de algún pueblo cercano y había elegido esta casa de licores para apaciguar su sed.

    El chico del mostrador dejó de abrillantarlo, para dedicarse a secar con un paño, la humedad de las tazas lavadas previamente. El forastero, optó por dar un largo sorbo a su limonada, para después continuar mirando la mosca, no escuchando en apariencia, los comentarios e insultos que los clientes de la otra mesa le dedicaban. Clientes éstos a los que por momentos costaba más trabajo entender, a medida que consumían el sake tibio.

     

    -         ¡Eh, tu, idiota! Dinos… ¿Qué te está contando tu amiga la mosca? ¿O acaso estas esperando a que se adentre en tu boca para acompañar tu bebida? 

     

    Y las carcajadas, algunas forzadas, volvían a sonar una y otra vez.

    Al cabo de un rato, el forastero terminó su limonada. Se acercó al mostrador y abonó el importe de lo que había consumido, dándole también las gracias al chico.

    Cuando llegó hasta la puerta del local, se giró, y respondió a la pregunta que momentos antes le habían formulado:

     

    -         Esa mosca, con su circular vuelo, me ha hecho ver que todo puede ser cíclico; que todas las cosas terminan para volver a empezar. Que todo se puede repetir. Es posible que no sea así… Pero en cualquier caso, es infinitamente más interesante que cualquier cosa que hayas dicho tú en toda la tarde.

     

    Y diciendo esto, abandonó el local.

    El muchacho del mostrador se quedó pensativo, y después corrió tras él. Una vez en la calle, le preguntó:

     

    -         Disculpe señor, ¿Por qué razón atiende a las palabras de los estúpidos?

    -         Porque al igual que del vuelo de aquella mosca, se puede aprender de todo cuanto nos rodea; los estúpidos, nos enseñan como no debemos comportarnos para así no ser de su condición.

     

    El muchacho volvió al interior del local, donde ahora reinaba el silencio, y continuó secando las tazas.

    Tal vez, ya no quedaba nadie de quien reír en aquél local. Tal vez."

     

    (Del libro Wo Oshimu, de Ichigeki Hisatsu Shibumi-san)

     

    Samurai de el clan Chosyu, durante el periodo de guerra boshin 

    - Para siempre jamás -

     

    “La luz ya mortecina del día acariciaba su espalda, alargando las sombras por delante de él, más allá de su montura. Por debajo del perfil de su viejo sombrero de paja de arroz y fija la vista en la punta de las orejas del animal, se dejaba mecer por el cansino caminar de la mula.

    Tendría que acelerar el paso, si quería llegar a la posada antes del anochecer.

    Alzó la cabeza para intentar divisar el final del camino, cuando algo de apariencia insignificante llamó poderosamente su atención: el extraño vuelo de una golondrina.

    El pequeño y oscuro pajarillo bajaba volando vertical casi hasta el suelo, para volver a subir de forma igualmente vertical y rápida hasta una altura de cuatro o cinco metros, para volver a bajar una y otra vez. Y otra. Y después otra vez más, sin descanso; sin darse la más mínima tregua a sí misma.

    Cuando llegó hasta la altura de la pequeña golondrina, el jinete obligó a la mula a aminorar el paso, al observar el motivo del comportamiento del ave: otra golondrina, con un ala recogida y otra extendida, yacía inerte en el camino como una mancha de tinta negra.

    El viajero, ignorando que muy posiblemente se le haría de noche antes de arribar a su destino, hizo parar a su montura y se apeó de ella.

    Tomó asiento sobre una piedra de la cuneta, y hurgando en su bolsa de viaje encontró la pipa que encendió y empezó a inhalar el humo.

    En algún lugar, hacía mucho tiempo, había oído hablar sobre la fiel y natural monogamia de algunas especies animales. Le pareció que lo que estaba viendo, bien merecía unos momentos de atención.

    La golondrina viva, parecía decirle a su compañera:

     

    -         ¡Vamos! ¿Qué estas haciendo ahí? Se hace de noche… ¡Levántate y vuela junto a mí como antes; como siempre! ¡Volemos juntos de nuevo!

     

    En los ojos cansados del viajero empezó a asomar el singular brillo de una lágrima y respiró hondo.

    Después, continuó su camino sobre la mula, acompañado de sus propios recuerdos.”
     
     
     

    (Del libro Wo Oshimu, de Ichigeki Hisatsu Shibumi-san)

    Golondrina.

    ハリケーンへの突進の単語 (Palabras del bambú al huracán)

     

    "Puedes usar toda la furia que seas capaz de concebir; pero debes ser consciente de que cuando inevitablemente te venza la calma, mi sombra ahora rota, volverá a ocupar su lugar jugueteando con el sol, para de nuevo dibujar sus ciclos sobre el suelo. Y tu esfuerzo habrá sido tan en vano como lo es tu absurdo enfado.

    Yo, permaneceré erguido pese a ti, en todo mi esplendor; y tú, habrás sido lo que ya antes eras: algo que ocurrió. Quizá, ni siquiera un recuerdo" 
     
     
    (Del libro Wo-Oshimu, de Ichigeki Hisatsu Shibumi-san) 
     
     
     Oriental in the windowsBambu

    - Diminutamente grande -

     

    “El enorme ojo de la colosal ballena, busca en el horizonte del inmenso océano, la línea que le lleve hacia la gigantesca oscuridad bajo la luz de los astros que brillan allá en el firmamento infinito.

    Desde allí, el planeta Tierra debe ser tan solo una ínfima partícula azul; apenas nada.

    Según desde donde se mire, ni siquiera eso.
     
    (Del libro Wo Oshimu, de Ichigeki Hisatsu Shibumi-san)

    - Un momento mágico -

     
     
    “Deja que sea yo, quien susurre a tu oído palabras aún no escritas por la mano del hombre. Frágiles palabras, que hagan estremecer cada uno de los poros de tu piel; el brillo de tus ojos; tu feminidad.
    Y en mi interior, muy adentro, oro. Oro con toda la fuerza de la que soy capaz, para que el Dios del Amor  me dé un poder que me permita crear dentro de una burbuja, un momento mágico en el que sólo quepamos tres: tu, yo... y los sentidos.
     
     
     
    (Del libro Wo- Oshimu, de Ichigeki Hisatsu Shibumi-san)

    - Eien - (Eternidad)

     "Ya había transcurrido mucho tiempo desde que olvidó el momento en el cual llegó hasta el valle que eligió para curar su dolor de alma; pero no las sensaciones que sintió al internarse en él y observar como la brisa acariciaba sutilmente el verde mar de hierba alta que se abría ante su exhausta mirada.

    En su centro, ahora el gran torii de piedra que años atrás había construido con sus propias manos, representando la puerta de entrada a otro mundo, ya había envejecido, dando vida a una infinidad de pequeñas partículas de musgo que enriquecían la imagen del mismo, otorgándole sensación de impertérrito e inmortal.

    Eien, ya viejo y hendido por el paso del tiempo, aprendió a compartir su vida con aquello que le rodeaba; a hablar sin usar palabras con el reflejo del sol en el riachuelo. A comprender los mensajes de una nube solitaria. A escuchar como crecía el enorme y centenario roble, que le susurraba al oído que era un árbol joven, ya que aquella roca de allí, era milenaria. Las horas no existían, y los momentos eran tan agradables como intensos, porque cada uno de ellos disponía de su tiempo adecuado.

     Eien, había aprendido ya a ser parte de un todo que jamás antes hubiera imaginado, si es que existió ese antes que no recordaba, o si acaso alguna vez lo recordó.  Y no solo eso, sino que aún continuaba aprendiendo. ¿De dónde venía aquel dolor de alma que le hizo llegar hasta allí?… ¿Qué dolor de alma?… ¿Qué era un dolor de alma?... ¿De dónde venía qué?
     
     Movió los hombros hacia arriba en un claro gesto de indiferencia, recostó su cabeza hacia atrás, apoyándola sobre las palmas de sus manos que ya tenían los dedos entrelazados, y cerrando los ojos, se durmió en aquella hermosa tarde de primavera, a la sombra de un enorme y centenario árbol joven."
     
     
     
    (Del libro Wo-Oshimu, de Ichigeki Hisatsu Shibumi-san)
     

    - Trasluz -

    “Apaciguado ya el estío, la tarde filtraba su belleza a través de la ventana, en forma de un rectángulo de suave luz anaranjada, donde el humo del incienso dibujaba tenues sueños sin definir.

    Hablábamos sin esfuerzo de cosas no relevantes; asuntos sin ninguna trascendencia, cuyo único fin, era el de no malgastar nuestro tiempo común. La sonrisa y la risa, iban de la mano y eran sinceras.

    Pero los ojos de Hinoko volvían una y otra vez a observar la ventana con fijación ensimismada. Ella, no dejaba de mirar hacia allí, con el mismo afán de quien espera la llegada de algo o alguien aún no conocido; como la adolescente que espera al hombre que habita en sus sueños, y que cuando llegue, cambiará su universo; y sabe que llegará, al menos durante el sueño.

    Tranquila, se levantó y se acercó a la ventana. Con decisión, la abrió todo cuanto ésta le permitió, y se encaramó a ella.

    No le molesté. Evité estropear ese momento de trasluz, en el que se hallaba rodeada por un metro cuadrado de sol y un sutil halo dorado que, a mis ojos, la hacían resplandecer.

    En cuanto a lo que Hinoko pudo ver, ni lo sé, ni me preocupa; puesto que no le pregunté.

    Y al contrario que otros narradores, no me permitiría el imaginario lujo de poder ver a través de los ojos de la protagonista de este relato, ni me consideraría digno, si osara describir sus pensamientos. A pesar incluso de que su existencia, pueda ser tan sólo un producto de mi imaginación.

    Yo, agradezco hoy a esa ventana, por haberme permitido ver, sin mirar a través de Ella.

    Y cuando digo Ella, digo Ella”

     
     
    (Del libro Wo-Oshimu, de Ichigeki Hisatsu Shibumi-san)

    - Un recuerdo -

     

    En una época lejana, hace mucho, mucho tiempo, aunque no tanto como para que se pierda en la memoria de los hombres, una magnífica amiga mía llamada Sei Shonagón, le regaló a mis ojos éste colosal haiku:

      

    Itsudemo shineru kusa ga saitari minottari.

      

    (Cuando la mente ve a partir del ojo, oye a partir del oído y siente a partir del tacto sin proyectar lo ya sabido <es decir: la síntesis preformada por la reiteración>; entonces, se vuelve inocente, y admira. Y lo que ve, está presente.)

    Después, fueron mis ojos quienes se lo regalaron a mi alma.

    ¿Es posible agradecer adecuadamente algo semejante, tan solo con palabras? ¿Existen?

      

    ( Del libro "Wo-Oshimu", de Ichigeki Hisatsu Shibumi-san)

    - Mil años -

     

    “Pasará mucho tiempo; quizá mil años. Pero sé a ciencia cierta, que algún día, durante un minuto, llorarás al recordarme.

    Y desearás con toda tu alma, por encima de todas las cosas, compartir ese minuto conmigo. Al igual que compartimos en otro tiempo, tantas y tantas palabras, y tantos y tantos silencios.

    Cosas tan nimias y leves, que son las que hacen que alguien sea capaz de vender su propia alma, por recuperarlas cuando no están.

    Tantas cosas nuestras tan simples como bellas… quizá hace ahora mil años.”

     

     

    (Del libro Wo-Oshimu, de Ichigeki Hisatsu Shibumi-san)

    - Introspección -

     

    “Recuerdo claramente aquella noche de otoño, y el color que proyectaban desde el hogar de la chimenea los rescoldos mortecinos, mil veces acariciados con miradas absortas. Color que pintaba de sosiego el salón, creando imaginarias formas que me invitaban a soñar, incitándome a volar hacia otros yo.

    Intenté, cerrando los ojos, encontrarme una vez más. Y todo se hizo nada a mi alrededor, del mismo modo que la nada se convirtió en todo, habitando en el centro exacto de ese mismo alrededor: Yo.

     Sonó mi voz, y preguntó… ¿Eres tu, paz?

    Fuera, el mundo apoyandose en interminable práctica, siguió perfeccionando su feroz aullido, in inmutable al devenir de mis etéreas cavilaciones.”

     

    (Del libro Wo-Oshimu, de Hichigeki Hisatsu Shibummi-san)

     

    - Desde el espejo -

    “Aquella noche, durante el Festival de La Primavera, y al igual que en años anteriores, todo parecía ser alegría a su alrededor. Se celebraba entre otras cosas, que la dura época de las nieves por fin había terminado.

    Él, como el resto de la gente del lugar, también bailaba y reía. Se divertía.

    Nunca se podrá saber si fue debido al sake ingerido o a un instante de extraña lucidez, pero hubo un momento en el que se sintió cansado.

    Cansado de hablar de nada con gentes a las que en verdad no conocía. Personas, que ni tan siquiera le solían saludar durante el resto del año, aun cruzándose con él en la misma calle. Y esto, no era el producto de ninguna apatía o agravio; más bien se debía a que tenían demasiadas pocas cosas en común; o menos cosas aún que poder compartir.

    Se cansó también de las jovencitas que buscaban experiencias a través de sonrisas ensayadas, y aderezadas con el pícaro brillo de juventud en los ojos. Y de las mujeres que decían saber lo que querían, y cuando lo querían, y dónde, y cómo. Eran aquellas que solían hablar con la mirada, diciendo: Esto, Ahora, Aquí y Así.

    En cambio, durante la fiesta, todo el mundo parecía estar obligado a ser simpático y cortés. Todo el mundo debía reír o ser locuaz. Todo el mundo parecía tener la obligación de ser feliz.

    Pensó que algo estaba cambiando en él. Tenía la sensación de que veía las cosas desde un punto de vista diferente. Quizá con mas claridad.

     Se dio cuenta, después de haberlo intentado durante  mucho tiempo, de que para ser sincero consigo mismo, no era suficiente con intentarlo, si no que, siendo mas simple que eso, bastaba con hacerlo.

    Se le ocurrió que podía plasmar en un papel las extrañas sensaciones que había sentido. Así que decidió continuar la fiesta de otra manera: en su casa, y egoístamente para él sólo. Lentamente y sin llamar la atención, abandonó aquel lugar.

    Una vez que hubo llegado frente a su escritorio, y ya ante la hoja del inmaculado papel, preparó la tinta, eligió uno de sus pinceles, y... empezó a escribir estas letras, dando continuidad a su fiesta y divirtiéndose de verdad.
    Fue algo mas tarde, cuando decidió compartirlas contigo”
     
     
     
    (Del libro Wo-Oshimu, de Ichigeki Hisatsu Shibumi-san)

    - Estanque -

    "Rápida, cae otra tarde. En la lejanía, se escucha tenue el tañido de la campana de un templo, que indica el comienzo de la hora del perro.

    Sentado en sheiza, de rodillas sobre los talones, Shibumi no kami Ichigeki Hisatsu, reposa la serena mirada en un pez del estanque,a través de la plata que forma el reflejo somnoliento de la luz y que grácil  parece levitar sobre el agua. 

    Sabedor de que su memoria tiene una duración de dos segundos, no puede evitar pensar que, de tener el pez algún problema, dentro de dos segundos ignorará que éste existió.”

     

     

    (Del libro Wo-Oshimu, de Ichigeki Hisatsu Shibumi-san)

    - Omisión -

    "Sé, que allí no se puede ni se debe mentir, pues la condena dura una eternidad.
    Pero si me preguntan por ti, cambiaré el sonido de mi voz por el silencio, omitiendo las respuestas que ellos, en su condición divina, ya sabrán.
    Callaré la vida que has vivido cargada de secretos y enigmas; de placeres ocultos y robados a escondidas detrás de minutos paralelos, a una vida de marchas forzadas, sin quererte percatar de cariños verdaderos.
    Al igual que hice en vida, no les diré que de mil promesas prometidas, tan solo mil dejaste de cumplir; pues las otras no eran promesas, si no el juego de ilusiones de un ilusionista que nunca existió.
    Así, anteponiendo mi silencio a sus escrutadoras miradas, condenaré mi eternidad a cambio de tu dicha, sin que tu conciencia sea de ello jamás consciente, para demostrarme a mí mismo lo mucho que te amé y amaré, hasta el día o la noche en que tenga que llegar la hora de mi careo con los dioses... e incluso quizá después."
     
     
     
     
    (Del  libro"Wo-Oshimu", de Ichigeki Hisatsu Shibumi-san)
     

    - Duelo -

    "Por un instante, a su mente acudieron palabras que había escuchado en algún momento de su vida, ya lejano en su memoria:
     
    - Si unes el grito con el silencio, sus hijos se llamaran Voz, Palabra, Diálogo. -
     
    Tras haber oído el tenue chapoteo de los remos en las aguas del río, la niebla se disipó y dejó ver a sus enemigos frente a él.
    Takeda, conocía bien las costumbres Bushi de darse a conocer antes de la contienda, para así ser recordado al salir victorioso, tanto si se estaba vivo como si ya no se estaba aqui.
    Su enemigo se sentó sobre los talones y gritó su nombre y rango.
    Cuando aun no había desaparecido el eco de su voz, Takeda, con las manos apoyadas en las empuñaduras de sus sables envainados, habló con voz tranquila:
     
    - ¿Qué puedo temer? ¿A qué temes tú? ¿Nos causa temor quiza, el que las palabras consigan que lleguemos al entendimiento, y que veamos la luz?
    Luchemos pues con las palabras como armas, dándole a la razón la oportunidad de vencernos."
     
     
     
    (Del  libro "Wo-Oshimu", de Ichigeki Hisatsu Shibumi-san)
     
         

    - Apuesta con el diablo -

    "Me sentí tan fuerte y poderoso, que olvidando mi condición de humano, me jugé mi dignidad con el diablo; e inevitablemente, la perdí.
    Con ella, también salió de mi vida cualquier atisbo de aprecio que en algún tiempo hubiese podido sentir por mi mísmo.
    Pero tras haber agotado la capacidad de lamentantarme, fue el tiempo quien me otorgó la energía necesaria para poder recuperar cuando menos, mi orgullo.
    Y hoy, llevado de la mano de este orgullo que me llena de fuerza y vida, puedo mirarlo a los ojos con descaro, y decirle sin miedo:
     
    - ¡Guardate de mí, maldito demonio! Ahora, vuelvo a ser fuerte de nuevo, y soy más sabio que antes. Pues ya soy consciente de con quien no debo jugar.
    Ahora, sé con quien no puedo perder."
     
     
     
    (Del libro "Wo Oshimu", de Ichigeki Hisatsu Shibumi-san)
     

    - El borracho -

    "Innoble, el infeliz borracho da otro beso a su botella, y dibuja una imaginaria línea en el centro del mostrador de la casa de licores, para a continuación, gritar a viva voz:
    - ¡De aquí hacia allí, sois todos unos necios! ¡Y los de la otra parte de la raya, no sois más que unos zafios!
     
    Sin duda, la única salida existente para no ser tratado de necio o zafio, sería colocarse a la altura de la línea imaginaria dibujada por el borracho; es decir, tendríamos que situarnos a la misma altura que él.
    Pero esto representaría que finalmente le otorgamos la razón, y que somos necios y zafios, puesto que al hacerlo, habremos dado a entender que hemos tomado en serio sus palabras.
    Palabras salidas de la boca de un borracho infeliz, que posiblemente no de su consciencia."
     
     
     
    (Del  libro "Wo Oshimu", de Ichigeki Hisatsu Shibumi-san)
     

    - La flor del cerezo - (Sakura)

     
    "Absorto, fui testigo de su caída, y la sentí postrada en el suelo. Se le adivinaba feliz, no por haber colaborado a engrandecer el paisaje o embellecer la imagen del mundo; si no por haber hecho lo que de ella se esperaba: había cumplido con su razón de ser y existir.
    La observé ya en su final, esperando que el tiempo la marchitase. Y si le hubieran dado a elegir una nueva reencarnación, con toda seguridad habría elegido ser lo mismo que fue: una flor de cerezo.
    Una pequeña flor de cerezo, ya desprendida del árbol que le dio la vida.
     
    Yo, alguien que aún admiraba su sencillez, ante la belleza que bordeaba el silencio de su ocaso, me atreví a preguntar:
     
    - ¿Qué es lo sublime? -
    Y nítida en mi mente, apareció una frase quizá por ella conjugada:
     
    - Lo sublime, vida mía... lo sublime soy yo."
     
     
     
     
    (Del libro "Wo - Oshimu", de Ichigeki Hisatsu Shibumi-san)