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    ...El laberinto sentimental, de José Antonio Marina.

     
    Somos inteligencias emocionales. Nada nos interesa más que los sentimientos, porque en ellos consiste la felicidad o la desdicha. Actuamos para mantener un estado de ánimo, para cambiarlo, para conseguirlo. Son lo más íntimo a nosotros y lo más ajeno. No sentimos lo que querríamos sentir. Somos depresivos cuando quisieramos ser alegres. Nos reconcomen las envidias, los miedos, los celos, la desesperanza. Desearíamos ser generosos, valientes. tener sentido del humor, vivir amores intensos, librarnos del aburrimiento, pero nos zarandean emociones imprevistas o indeseadas.

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    “Los hombres desean no temer, comienzan a hacer temer a los otros y aquella injuria que quieren ahuyentar de sí la dirigen contra el otro, como si fuera necesario ofender o ser ofendido”.

    (Discurso sobre la primera década, de Tito Livio)


     
    Ciudad laberinto
     

    ...Orient Express, de Jhon Dos Passos

     

    El sol de nuestra generación ha estallado en mil pedazos y su quebrada luz llamea en bandas de inquietantes colores. Sube al tren, en Florida están vendiendo la felicidad en parcelas de un acre. Así pues, debemos continuar viajando a través de los continentes, ensordecidos siempre por el estruendo de las ruedas y por el rugido del motor de los aviones, para revolcarnos en todos los mares con el olor del aceite recalentado en la nariz y el latido de las máquinas en la sangre. Y de toda esa Babel de ciudades apiladas unas sobre otras y de continentes sobre continentes, de ese mundo exprimido hasta la última gota o estirado a nuestro antojo, elástico como una pelota de goma nueva, ¿qué sacamos en limpio? Paz, desde luego, no. Ésa es la razón por la que en esta época de gigantescas máquinas y hombres de mente escurridiza es imprescindible contar con un poco de música. Necesitamos que los hijos de Homero hagan resonar el tumultuoso aullido del mundo a un ritmo más humano, ayúdándonos así a superar el miedo.

     

                                 

    ... Notas de andar y ver, de José Ortega y gasset.

     
    (Arte)
     
    La verdadera emoción estética, sólo se produce en quien no está dispuesto a tenerla y no ha preformado el gesto de admiración. Se hace uno el siguiente razonamiento: si en efecto hay tantas cosas bellas como se dice, una de dos: o su belleza nos mataría de tanto conmovernos, o es la belleza una sustancia tan tibia e inocua que no merece la pena ni hablar de ella. Yo creo que se ha perdido el sentido del arte a fuerza de multiplicarlo y abaratarlo. Cuánto mejor considerar el arte como una aventura que sobreviene alguna que otra vez, muy raramente. Por lo pronto es una sorpresa. Vamos por la vida ocupados en nuestros asuntos y de repente algo nos arrebata, nos saca de nuestro quicio, nos infunde un frenesí, nos arrastra como el vendaval divino a los profetas hacia una localidad extramundana. No hay arte sin éxtasis en el sentido más riguroso de la palabra, que es
    “estar fuera de sí”.
     
     
     
    (Vivir)
     
    La mayor parte de los hombres, no hacemos sino querer en el sentido económico de la palabra: resbalamos de objeto en objeto, de acto en acto, sin tener el valor de exigir a ninguna cosa que se ofrezca como fin a nosotros. Hay un talento del querer, como lo hay del pensar. Y son pocos los capaces de descubrir por encima de las utilidades sociales que rigen nuestros movimientos, que nos imponen esta o aquella actitud, su querer personalísimo. Solemos llamar vivir a sentirnos empujados por las cosas, en lugar de conducirnos por nuestra propia mano.
     

    ...La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera.

     

    "Lo que solo ocurre una vez es como si no ocurriera nunca. Si el hombre solo puede vivir una vida es como si no viviera en absoluto.

    Si cada uno de los instantes de nuestra vida se va a repetir infinitas veces, estamos clavados a la eternidad como Jesucristo a la cruz. La imagen es terrible. En el mundo del eterno retorno descansa sobre cada gesto el peso de una insoportable responsabilidad. Ese es el motivo por el cual Nietzsche llamó a la idea del eterno retorno la carga más pesada (das schwerste Gewicht). Pero si el eterno retorno es la carga más pesada, entonces nuestras vidas pueden aparecer, sobre ese telón de fondo, en toda su maravillosa levedad.

    ¿Pero es de verdad terrible el peso y maravillosa la levedad?

    La carga más pesada nos destroza, somos derribados por ella, nos aplasta contra la tierra. Pero en la poesía amatoria de todas las épocas la mujer desea cargar con el peso del cuerpo del hombre. La carga más pesada es por lo tanto, a la vez, la imagen de la más intensa plenitud de la vida. Cuanto más pesada sea la carga, más a ras de tierra estará nuestra vida, más real y verdadera será. Por el contrario, la ausencia absoluta de carga hace que el hombre se vuelva más ligero que el aire, vuele hacia lo alto, se distancie de la tierra, de su ser terreno, que sea real sólo a medias y sus movimientos sean tan libres como insignificantes."

     

    ... De las mujeres illustres en romance, de Johan Boccaccio.

     

    “Más vale la tristeza del cuerdo que la alegría del loco; mejor llorar como sabio que reír como ignorante o niño”.

     Porque la perfección del saber es la del entendimiento; lumbre y arreo de la razón, que es lo más alto y mejor del hombre. El deleite, también lo sienten las bestias.

    El que ríe no sabiendo de qué o no sabiendo como debe, más cerca está de la bestia que del hombre. Más razonable es plañir y llorar como un hombre, que reír como un niño.

    (Gentileza de Kasandra)  

          

    ...Las orquídeas rojas de Shanghai, de Juliette Morillot.

     […]

    "A medida que pasaban las semanas, nos instalábamos cada vez más en aquella negación de la realidad. Habíamos creado nuestro propio universo, un universo alejado del mundo y sus vicisitudes, que obedecía a unas leyes que solo nosotros conocíamos y que cada día rescribíamos con el cuerpo y la mente. Un universo donde la guerra no existía, donde tampoco había lugar para el amor. Porque el sentimiento que nos unía era de la misma naturaleza que la palabra “silencio”. Bastaba pronunciarlo para destruirlo."

    […]

     

    ...Seda, de Alessandro Baricco.

    [...]
     
    " -No hay elección. Si queremos sobrevivir, tenemos que llegar hasta allí.
     Silencio.
     Verdun, apoyado en la barra, levantó la mirada hacia los dos.
    Baldabiou se empeñó en encontrar todavía un sorbo mas de Pernod en el fondo del vaso.
    Hervé Joncour dejó el cigarrillo en el borde de la mesa antes de decir
    -¿Y dónde quedaría, exactamente, ese Japón?
    Baldabiou levantó el extremo de su bastón, apuntando con él más allá de los tejados de Saint-August.
    -Siempre recto.
    Dijo.
    -Hasta el fin del mundo."
     
     [...]
     
    "Se descorrió un panel de papel de arroz y Hervé Joncour entró.
    Hara Kei estaba sentado con las piernas cruzadas en el suelo [...] el único signo visible de su poder era una mujer sentada junto a él, inmóvil, con la cabeza apoyada en su regazo, los ojos cerrados, los brazos escondidos bajo el amplio vestido rojo que se extendía a su alrededor, como una llama, sobre la estera color ceniza [...] intentó explicarle quien era. Lo hizo en su lengua, hablando lentamente sin saber con precisión si Hara Kei era capaz de entenderlo [...] En la habitación todo estaba tan silencioso e inmóvil que pareció un hecho desmesurado lo que acaeció inesperadamente, y que sin embargo no fue nada.
    De pronto,
    sin moverse lo más mínimo,
    aquella muchacha
    abrió los ojos."
     
    [...]
     
    "-¿Cómo es el fin del mundo? -le preguntó Baldabiou.
    -Invisible."
    [...]