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    "Mordiendo el polvo"

     

    Goliat, Aquiles, Gengis… ¿Qué más da el nombre o el tamaño del enemigo cuando lo que realmente cuenta en la batalla es su poder?

    Nadie habría apostado ni siquiera un Yen por él cuando empezó la contienda. A fin de cuentas… ¿Quién era él? Alguien mundano; un mortal. Un hombre. Un hombre nada más... pero también nada menos.

    Ante tan terrible enemigo aparecía como algo insignificante. Apenas nada; apenas nadie.

    Aún así, la lucha ya duraba más tiempo del que nadie calculara jamás. Por supuesto, y como cualquier hombre, había tenido momentos de flaqueza. Había hincado varias veces la rodilla en el suelo, y había llorado de dolor y de rabia. En momentos así, recordaba anécdotas que habían transcurrido a lo largo de su vida. Recordaba hechos y palabras que aparentemente en su día no tenían mayor importancia; el ánimo y afecto de quienes le apoyaban, o las palabras que su madre repetía en cualquier momento, sin dudarlo, donde y delante de quien fuera menester: “El, es el más valiente de mis hijos.”

     

    Entonces, se levantaba, y si no lo decía en voz alta, lo pensaba:

    -         Es verdad que estoy realmente agotado. Te creían invencible y quizás aún lo seas. Pero estoy aquí, y todavía no me has vencido. Para hacerlo, tendrás que esforzarte más. Para vencerme, tendrás que ser aún mas fuerte. Así y todo, dudo mucho de tu victoria. Nunca jamás esperes mi rendición. Y ni te miento a ti, ni a mí mismo.

     

    Antes de terminar de pensarlo, ya estaba arremetiendo de nuevo contra el terrible gigante. Con tanta determinación, que el resultado final quedaba de nuevo en suspenso.

     

     

     

     

    Nada.

     

    (Entre nosotros <y ahora que estamos solos>: te felicito por haber sabido mirar en donde aparentemente no había nada; decide tú si ha valido la pena.)

     

     

    La nada no es nada y como no es nada, puede ser cualquier cosa; pero no cualquier cosa puede ser nada.

    Para que cualquier cosa sea nada, no puede ser cualquier cosa puesto que entonces será algo. Si es algo, ya no es nada porque la nada no puede ser algo; y si no es nada, entonces es cualquier cosa. Pero quedamos en que no cualquier cosa puede ser nada, por lo que llegamos a la conclusión de que nada es nada, pero nada no puede ser nada, ni algo, ni cualquier cosa.

     

    Si hay "algo" llamado "nada", ya es algo y por lo tanto ha dejado de ser nada.

     

    En lenguaje coloquial se conoce como nada a la ausencia de todo, o de algo, o de nada; lo que nos lleva a plantearnos el problema de la auto referencia (Gödel): “Si nada es la ausencia de nada (es decir, nada de nada), podemos concluir que el conjunto <Nada> no se puede contener a sí mismo”.

     

    En términos de Zonofavic, la nada es como un huevo vacío y sin cáscara.

     

    Los físicos y los existencialistas como Jean Paul Sastre, definen a la nada (a mí personalmente me parece la mejor definición),  como lo siguiente: 

    - El hombre ilustrado -

     

    “El hombre ilustrado se movía en sueños. Se volvía a un lado y a otro, y con cada movimiento, una escena nueva comenzaba a animarse y le coloreaba la espalda , el brazo, la muñeca.

     

    El hombre ilustrado alzó una mano sobre la oscura hierba de la noche. Los dedos se abrieron y allí, en su palma, otra ilustración nació a la vida”

     

    (Ray Bradbury)                       
     
     

    Sobre la lengua y la palabra

     

    Mucho se ha hablado sobre la naturaleza de la actividad profesional de vuelta al siglo e innumerables preocupaciones han surgido sobre la decadencia y perdida de ciertos oficios y profesiones por la creciente invasión de los medios electrónicos y de lo que ello significa: no menos de un fatalista ha augurado la muerte del libro, la palabra escrita y la lengua en general por esta deshumanización extendida promovida por las computadoras.

    Estas predicciones de fin de milenio parecen olvidar que la lengua es el medio a través del cual no solo obtienen, sino que también vehiculan el conocimiento y lo transforman. Los medios electrónicos son pues, tan solo una manifestación de la lengua escrita y de la manera en que los seres humanos interactúan entre sí.

    En la misma vía, los lingüistas también han abonado su cuota a la visión fatalista en torno a la lengua: al poner énfasis en el nivel de abstracción de la lengua, la mirada de la lingüística (y de las ciencias del lenguaje en general), se ha perdido.

    (Reseñas sobre el Diccionario de las jergas de habla hispana, de Guadalupe Bejarle Pano)

     

    Futuro

     
    De tí no quedará nada cuan fasto seas de gusano; algún comentar lejano, cansino e indiferente.
    De mí queda la simiente sembrada con alma y mano, canto que aún siendo pagano, será cual frescor de fuente.
    De tí no quedará nada cuando la tierra te acoja, quizás alguna congoja de quien de tí penitente.
    De mí quedará el relente de unas rimas desgarradas, ahora en amor ya tornadas, porque el amor ya es presente.
    De tí la muerte tan sólo llevará tolenda carga, unos despojos sin vida que nunca tuvieron alma.
    De mi llevará la calma de haber dejado plantados versos que se harán espigas y después trigos dorados.
    Para tí los días que queden siempre serán soledades...
    Quien siempre sembró tormentas, cosechará tempestades.
     
    (Del libro "Primaveras de otoño", de Santiago García Villa. -Landrú-. Con su debído permiso)

    Aforismo

     
    Aprende los caminos para proteger, más que para destruir.
     
    Evita, en lugar de contener.
    Contén, en lugar de dañar.
    Daña, en lugar de mutilar.
    Mutila, en lugar de matar...
     
    Pues toda vida es preciosa, y no puede ser reemplazada.
     
    (Sensei The)

    Uno aprende

     
    Después de un tiempo,uno aprende la sutil diferencia entre sostener una mano y encadenar un alma.
    Y uno aprende que el amor no significa acostarse, y una compañía no significa seguridad. Y uno empieza a aprender...
    Que los besos no son contratos ni los regalos promesas.
    Y uno empieza a aceptar sus derrotas con la cabeza alta y los ojos abiertos.Y uno empieza a construir todos sus caminos en el hoy, porque el terreno de mañana es demasiado inseguro para planes. Y los futuros tienen una forma de caerse en la mitad.
     
    Y después de un tiempo uno aprende que si es demasiado, hasta el calorcito del sol quema.
     
    Así es que uno planta su propio jardín y decora su propia alma, en lugar de esperar a que alguien le traiga flores.
    Y uno aprende que realmente puede aguantar,que uno realmente es fuerte, que uno realmente vale, uno aprende y aprende...
     
    Y con cada día, uno aprende.

    ("Uno aprende", de Jorge Luis Borges)

    ¡Banzai!

     

    Siempre relacionamos esta palabra con el grito de unos pilotos de aviación desesperados por cumplir sus objetivos, aún después de que su aparato volador haya sido alcanzado (siempre se prefirió por parte de todos, que tanto el aparato como el piloto, regresasen a la base. Pero una vez alcanzados, ésta quedaba demasiado lejos para volver). Todo se reduce (o se amplía) a una simple cuestión de honor: la cuestión de poder vivir o no, con la parte negativa del pensamiento... “yo soy capaz, y es por ésto que se ha confiado en mí”.

    La palabra “Banzai”, es muchísimo más antigua que la época a la que nos referimos, y su traducción literal al castellano es :

    "Diez mil años”.

    Aunque la traducción exacta de su significado sería:

    "Estoy dispuesto a cambiar éste momento por toda la eternidad".

    Quizá, deberíamos replantearnos más seriamente de lo que lo hacemos, el vivir cada momento con la pasión necesaria para cada circunstancia, y así vivir con la intensidad adecuada.

    (Nota de Ichigeki Hisatsu Shibumi-san)

          

                                                     

    El narrador y el océano

     

    Una anécdota persa muy antigua muestra al narrador como un hombre aislado, de pie en una roca, de cara al océano.

    Sin descanso, cuenta una historia tras otra, deteniéndose apenas un momento para beber de vez en cuando, un vaso de agua.

    El océano, fascinado, lo escucha en calma.

    Si un día el narrador callase, o si alguien lo hiciese callar, nadie puede decir lo que haría el océano.

     

     (Jean-Claude Carriére)

     

    Qué es Shibumi

    Shibumi, es un concepto tan correcto, que no tiene que ser audaz; tan sutil, que no tiene que ser bonito; tan verdadero, que no tiene que ser real. Shibumi es comprensión más que conocimiento. Silencio elocuente.

    En el comportamiento, es modestia sin recato.

    En el arte, es donde el espíritu de Shibumi toma la forma de Sabi; es elegante simplicidad. Brevedad articulada.

    En la filosofía, en la que el Shibumi emerge como wabi, es un sosiego espiritual que no es pasivo; es el ser sin la angustia de la conversión.

    Y hablando de la personalidad de un hombre, es... ¿Cómo podría explicarse? ¿Autoridad sin dominio? Algo parecido.

    Estado del ser que no se adquiere, se descubre; simplicidad a la que se arriba después del conocimiento.

     

     

    (Extracto del libro "Shibumi", de Trevanian)

    Zen y arte

     Lo que realmente lleva acabo un artista Zen no es sugerir lo que es omitido, sino hacer que la realidad toda se refleje en las pequeñas cosas que están a nuestro lado. Pues cuando estas son comprendidas, se nos aparecen como algo más que ellas mismas. Son realidad y no meras sugerencias de sí mismas.
    Antes de que el Zen se asentara en el alma japonesa, este proceso no podría ser llevado hasta su culminación por más que se encontrara ya latente. El espíritu japonés no podría expresarse de esta forma, pero el Zen lo hizo elocuente y dejo de ser mudo.
    La mente primitiva puede albergar muchas capacidades y posibilidades profundamente enterradas, pero precisa el toque de una más elevada cultura espiritual que la impulse hacia adelante a través de los sucesivos estadios del acontecer histórico.
    El Zen, ha cumplido esta misión en su relación con el alma japonesa.
     
     
     
    ("Zen y arte japonés",de Daisetz T. Suzuki)

    Reflexión

    Sé que no voy a cambiar el mundo. Lo sé.
    Sé que mi voz no va a transformar en amor el egoísmo que existe en el corazón de los hombres.
    Sé que mi palabra no va a mover ni una coma en los planes estratégicos de los estados mayores.
    Sé que mis pensamientos no se van a transformar en un orden social más humano.


    No tengo poder... pero tampoco lo quiero, no sabría qué hacer con él.

    Yo no tengo soluciones para el problema del paro. Yo  no sé cómo acabar con el delito y la violencia que el delito engendra. Yo sería incapaz de establecer una regulación adecuada de la propiedad.

    Pero sé que la pobreza, esa pobreza que obliga a vender la libertad para sobrevivir, es un destino que desfigura la vida de muchas personas.
    Definitivamente, no tengo soluciones.


    Soy sólo un soñador que siembra la noche de palabras.
    Soy sólo un loco que expresa el dolor del mundo con las imágenes de un mal sueño.

     

      

    (Del programa "El loco de la colina", de Jesús Quintero. Con su debido permiso)

     

    Escuchar

    Es un tanto difícil mantener los oídos "conectados" todo el tiempo. Vivimos rodeados de expertos en casi todo, de vecinos protagonistas de hazañas sólo sabidas por ellos mismos y de demasiados enamorados de su propio discurso.
    Sin embargo, es indudable que uno de los pasos en nuestro camino hacia la superación personal es escuchar.
    No hablo de hacer una pausa en lo que digo y permitir que mientras tomo aire el otro se dé el lujo de decir algunas palabras. No me refiero a buscar en las palabras del otro la forma de enlazar " con arte" mi propio argumento.
    Hablo de escuchar activa y comprometidamente y comprender lo que hay de acuerdo y de desacuerdo en lo que me dice el otro.

    ¿Por qué nos cuesta tanto abrirnos a la comunicación sincera y abierta?
    La respuesta es clara: tememos aceptar nuestros errores, estamos demasiado encerrados en nuestras creencias y les damos convicción de certeza absoluta o simplemente no queremos enterarnos de algunas verdades.
    Tendemos a escuchar sólo lo que queremos escuchar y a dejar fuera lo que no nos conviene.

    Por si acaso alguien no quiere enterarse de lo que hablamos, me animo a decirlo explícitamente. Hablo de escuchar, no de someterse.
    De escuchar, no de estar de acuerdo. De escuchar, no de anular mis propias ideas.
    Escuchar para aprender la parte del todo que todavía ignoramos.
    Esto conlleva, claro, una importante cuota de humildad, porque aprender siempre es un acto humilde.

    Abrir los oídos debería servir para darnos cuenta de que no tenemos (nadie lo tiene) el monopolio de la verdad y centrarnos en la necesidad de completarnos con la verdad de los otros.
    El que no se anima a bajar del pedestal nada puede aprender de los demás a los que sin escuchar desprecia porque supone o, peor aún, decide que nada puede enseñarle.

    Hay que encontrar un lugar en la humildad del que es consciente de lo que no sabe y está decidido a aprender.
     
     
     
    (Artículo extraído de la revista Vida Sana)